
Los caminos que hay que recorrer pueden ser tan variados, con decir "sí o no" tu rumbo puede cambiar.
A mi me pasó, y la verdad es que me fue maravillosamente bien, hasta podría decirse que viajar me ayudó mucho con mi tratamiento. Conocer gente, lugares tan lejanos de mi realidad me hizo dar cuenta de la pequeñez de mis problemas, y la amplitud del mundo; mejor dicho me recordó esas ideas, las que olvidé cuando comencé a sentir mi corazón paralizado.
Llevo más de dos días en un bus, el viaje resultó agotador, pese algunos excesos y licores, todavía tengo muchas expectativas de este viaje, aún quedan muchas horas que recorrer.
Idealizando mis momentos, dándole un cronograma a mis acciones, no me percaté de la fuerza de la mente, si funciona. Yo imagine tantas escenas en mi cabeza y sin querer se cumplieron todas y más, las inimaginables.
El viaje de Huánuco a Puno, jamás podrá ser olvidado, y no por lo que bebí, comí, escuché u observé. Lo más valioso fueron los resultados en mi alma.
Al regresar estaba intoxicada de miles de sustancias, pero una de las más toxicas se manifestaría en la penumbra. No dejaba de pensar en ese ser primitivo y egoísta del que me había enamorado.
Mi tratamiento hasta el momento de mi regreso, estaba dando sus frutos, estaba curada, mi corazón no recordó ese nombre ni nada de él. Pero la noche era traicionera, y con el frío altiplánico caí en la tentación...
Todas mis experiencias, y absolutamente todo había perdido valor. Este sentimiento se mezcló con el malestar de la infección que adquirimos todos gracias al ceviche y al cambio de clima; y tumbada en la cama, quería morir o regresar a mi viaje. Me dije: "Es la mística del Perú" y me ayudó hasta llegar al frío crudo de Puno, lo único conocido fuera del Lago.
Todo parecía tan deprimente, después de esa noche desperté un tanto resignada; pero, en el trascurso del día me reconecte con los actores de mi viaje, y regrese por un momento a ese estado libre, y ciertamente bohemio.
No podía evitar que el sol se oculte y llegue la noche, así que me fui con el veneno a la cama, quise morir otra vez, volver a ser la humillada y callada, para que el vicio se envuelva entre mis sábanas. Y algo pasó, no puedo asegurar que durará ¿realmente la enfermedad era mucho menos? Pude saberlo cuando mi vicio perdió identidad, quizás era la fiebre que aún perduraba, pero no era el mismo ente acosador. Era otra persona.
Quiero decir que éste ser enfermizo, siguiendo todo el protocolo, en el que yo tomaba la mayor parte, lo invoque a que me consumiera.
Y lo hacía sin la más mínima consideración, de la que ya estaba acostumbrada, todo era cómo siempre, hasta que algo cambio.
No podía creer que él ya no hacía posesión de mi pena y dependencia. M
i cerebro se encargó de cambiar de imagen, y fue una aventura mental, me dejaba querer por la imagen de otro, traicioné al vicio que me dominaba por una deliciosa fantasía. Es una señal humana, cuando las cosas salen mal... Y en mi caso la tentación fue fuerte, y le fui infiel a mi vicio mortal.
Este viaje me hizo delirar en fiebre y pasión.
Aún sigo agotada y con los pies hinchados, con el corazón confundido y alegre de volver a ser libre.
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