lunes, 1 de octubre de 2012

Lo recordé después de un día...


Empezó octubre y ya quiero que termine. No pensé que iniciaría el día a las 4 p.m., con un dolor de cabeza infernal y con un arete desconocido en mi mesa. Recuerdo algunas escenas de ayer,  yo, entrando a un bar, acompañado de unos amigos. Odio los bares, me causan náuseas, prefiero no salir. Ayer fue la excepción, como nunca, sentí un ambiente agradable, y ayudado por el alcohol empecé a entender a los vicios.

No me queda claro cómo llegué a ese lugar, era diferente, y después de mucho pensar, me dije: ¿Una discoteca? Sí, y bailaba como todo un profesional, creyendo seducir con mis pasos a alguna mujer curiosa. Desenfrenado, aproveché mi locuacidad para acercarme a una chica. Era dulce y algo tímida, perfecta para la noche. No quise aprovecharme de ella, pero, yo sé que sabia muy bien mis pretensiones, más claro no pude hablarle. ¿Quién puede creer en el amor de una persona, que conoces en una disco, que te habla bonito y te propone indirectamente "hacerse compañía"? Bueno, la ebriedad también lo facilitó. Ella lo aceptó, sabiendo, vagamente, que tenía una relación y que posiblemente ya no la iba a ver nunca más. Fui honesto, y lo mejor de todo es que nadie saldría lastimado.
Sonreí, con esa mirada pícara que me caracteriza, me acerqué a ella para salir de la discoteca, ella muy emocionada, se fue corriendo, tenía que traer sus cosas. Estaba ansioso, planeaba e imaginaba momentos de película; me senté porque aún no tomaba conciencia de en dónde estaba. A pesar de mi odio por los locales nocturnos, reconozco que lo único que me gusta es que puedo conocer personas, y algunas aventuras. La esperé por mucho tiempo, no recuerdo cuantas personas vi, ir y venir, unas más ebrias que otras; una chica me llamó la atención, no por ebria, iba al baño constantemente, la veía pasar, con la cara triste y una sonrisa improvisada. Me identifiqué con esa expresión, sonreír pero transmitir tristeza, tanto que olvidé a la muchacha de la noche; la de la promesa nocturna. La espera fue corta, en realidad ya no esperaba; sólo observaba, la observaba, sin ninguna intención, hasta que noté que tenía algo brillante entre sus cabellos, parecían aros; uno de sus aretes se le cayó y al percatarme de ésto fui corriendo a recogerlo. Estuve esperando, con el arete en la mano, pero no había señales de ninguna. Ni la promesa de una loca noche ni la desconocida triste.
La noche se acababa, bebí en exceso para ocultar mi frustración. Me había quedado solo, desconsolado y con esa sensación de ira, recordé mis amores perdidos, un motivo más para no salir; buscando entre puños e insultos, mis verdades. Me creía fuerte e invencible, pero, lloré mientras daba los últimos sorbos de mi vaso.

Llegué a mi casa al amanecer; mientras mi mamá me daba su sermón, repasaba mi historia nocturna y el cómo terminaba. Me recosté en mi cama y recordé aquel arete que recogí, que no pude devolverlo ni  hablar con la chica de cara triste.
Yo no quería tener nada con ella, pero, tengo algo que quizás este buscando en este momento; estoy seguro que se preguntará cómo y dónde extravío su arete,  me pensará y reirá con esa mirada melancólica.