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| Las casualidades no existen. |
No sé si debería considerar esta situación como una caída, quizás sí a esta sensación extraña que me perturba. De pronto no quiero nada ni a nadie, existe tan sólo un minúsculo espacio entre la realidad y yo, no quepo en ella no logro sincronizar mi existencia con lo que veo y vivo. El miedo se vuelve frecuente y deja de respetar la luz del día, ya no son sólo ideas porque ahora son voces y pequeños gritos que me sintonizan de otras dimensiones. Un pequeño recordatorio de que esto no es real; es frágil y falso.
En las mañanas las rutinas hacen que me adhiera al mundo cotidiano y en golpes radicales el amor también lo consigue. ¿Pero qué pasa cuando los recuerdos que imprimían sonrisas en los rostros y lagrimas de dolor se acaban? ¿A dónde puede navegar tu mente si no hay nada más que te haga desgraciado ni feliz? Detenerme en esta pregunta me cuesta el desprendimiento de todo lo que me rodea, lo que existe y ha existido. De pronto veo cortos mis años y deteriorada mi salud. Veo inútiles las palabras, las heridas, los consejos, la suerte, el trabajo, los amigos, las familias, el mundo... Y al perderme profundamente en un hoyo desolado recuerdo que una luz incierta y poco creíble podría salvarme de este mar de esterilidades, tímida y vacilante, ese apego involuntario, muchas veces manipulado, pretende retenerme en esta esfera predecible de la vida, y me vulgariza al punto de hacer que me pierda a mi misma. Ese indescriptible apego o, quizás mal llamado, amor es la única forma de evitar el desprendimiento de este plano artificial y también, muchas veces, termina obligándote a escapar de él hasta la muerte.
Entonces, ¿De qué vale todo?